Octubre 2005


Hace unos meses, se quemó la casa de unos vecinos. Esa noche me demoré un poco más de un minuto en vestirme y en llegar a la casa. Pero ya no había mucho que hacer, de hecho, lo más lógico era empezar a desalojar la casa de al lado. Nunca había sacado cosas tan pesadas tan rápidamente.
Al día siguiente, pedí permiso en mi trabajo para ir esa fría mañana de invierno a ayudar a embalar lo que se pudiera recuperar. Es una misión casi imposible tratar de animar a un otro cuando uno mismo está impactado y con el estómago apretado. Aún recuerdo el fuerte olor de ese lugar, que lo sentí durante los días que siguieron.
La idea era de que antes de que empezaran las lluvias se pusiera todo en bolsas y cajas.
Sus alegrías, penas, cumpleaños, aniversarios, diplomas, regalos, peleas, siesta, almuerzos, aseo, fiesta, estudios, electrodoméstico nuevo, amor, intimidad, lucha, todo se embalaba, pero algo quedó en las cenizas… de eso estoy segura. Todos ilesos, pero sé que parte de esa familia se quemó.
Ha pasado el tiempo y hoy sacan lo que quedó de ella… pero ayudados por una bulliciosa retroexcavadora.

Usaba uniforme, lo único que hacía era bostezar y la idea era dejar de escuchar…
No movía un músculo en todo el día, pensaba puras tonteras, gran época de mi vida, jeje.

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A los 15 años conocí a un personaje algo desaliñado que recién (calculo) había superado los 30 años. Soltero, alto, muy delgado, de pelo largo castaño claro, muy chascón, de ojos algo cansados y genio liviano. Su medio de transporte era una bicicleta a mal traer, comía gracias a puros “pitutos” y vivía en una pequeña casa con su familia que no era nada menos que un perro. Nuestra relación fue breve y, a los ojos de los demás, parecía más un pervertido engatusando a una adolescente que una tierna amistad. Pero la verdad es que fue amistad.
Enrique era un entusiasta colaborador de la iglesia más cercana a mi barrio, incluso más que eso: era un fanático religioso (“está loco”, decía mi padre).
Cuando él venía a buscar algún papel relacionado con la iglesia y yo salía a decirle que mi papá no estaba, nos quedábamos conversando largo rato de mil y una cosas, entre las que se destacó un tema por sobre los demás: la astronomía.
Quedarse horas mirando el cielo en la noche se convirtió en mi pasatiempo favorito por varios meses, en los cuáles aprendí mucho acerca del tema. Hasta que de un día para otro, Enrique desapareció. La única versión que escuché fue que se había ido a otra casa.
Él fue una de las tantas personas que han pasado por mi vida cambiándola de alguna u otra manera. El tren de la vida: aquellos pasajeros que suben, pero para bajarse inmediatamente en la estación que viene. Pero que dejan “algo” en el aire.

Si hubiera cerrado esa puerta, si te hubiera dado el masaje que me pediste, si me hubiera despedido susurrándote algo al oído, si me hubiera quedado más días, si te hubiera dicho lo bien que me hacías sentir, si te hubiera contado más de mí, si te hubiera vuelto a llamar por teléfono, si te hubiera acariciado el pelo cuando dormías junto a mí, si…

Pero no. Siempre he tratado de hacer y decir todo en el minuto. Y me ha resultado. Pero contigo la cosa no funcionó. La verdad es que me aterré. Me dió miedo amar, miedo a comprometerme, miedo a sufrir. Miedosa.
Alcancé a pasar los primeros 22 años de mi vida acampando todos los veranos con mi familia. No hubo ni un sólo verano sin poner nuestras carpas sobre tierra, arena, piedrecilla o lo que hubiera. Hoy ya no puedo hacerlo, pero sé que cuando se den las condiciones, lo volveré a hacer porque ya es parte de lo que defino como “vacaciones”.
El primer verano sin armar una carpa fue extraño: echaba de menos el desconectarme de los ruidos, de los tacos y de playas atestadas de gente. Para mi, marcaba la diferencia el alejarme de todo eso y estar en medio de la naturaleza. Y además, el permitirme estar en lugares en los que conocías todo tipo de personas, provenientes de diversos lugares, todos iguales, sin diferencia entre unos y otros (técnicamente no existe una carpa más bonita que la otra).
En nuestros trayectos apenas pasábamos por las ciudades a comprar cosas que nos faltaban, una foto en la plaza y listo… a seguir viaje.
Tengo recuerdos increibles de todos los veranos que anduve recorriendo gran parte de Chile, tanto el norte como el sur, pero principalmente “devorándonos” la X Región. Cualquier cambio de rumbo era auspiciado por nuestra guía eterna: la Turistel.
Más de niña, recuerdo esa carpa que parecía más propiedad de un circo ambulante que de una familia cualquiera, con una tela gruesa y pesados fierros que se llevaban en una bolsa aparte. Ni explico la revolución que causaron (en su época) las nuevas carpas tipo iglú (Doite), que redujeron el tamaño y peso de las carpas en forma considerable.
Recuerdo largas horas de viaje, de escuchar música que ojalá “nos agradara a todos” (difícil misión considerando obvias diferencias generacionales). Ahí se escucharon más de una vez los cassettes de Camilo Sesto, José Luis Perales, Los Pericos, Creedence, etc.
También me acuerdo de aquellas siestas interminables, del cansancio del cuerpo, de los juegos de ingenio dentro del auto (se hacía lo que se podía para matar el tiempo), de cuando parábamos a medio camino debajo de un árbol y se sacaba el “cocaví” para ponerlo sobre un poncho. Si hacía calor, cualquier río nos refrescaba. Creo que esos años me reforzaron que cualquier cosa se puede hacer, siempre y cuando uno no se dejara invadir por las complicaciones, que muchas veces no son más que pequeños obstáculos. Grandes recuerdos de una muy bonita época de mi vida.

Foto1: esta foto me la tomaron por casualidad hace un par de años, sin saber yo que hasta el minuto es la última vez que he desarmado una carpa. Snif!

Foto2: con mi familia… de fondo, lago vichuquén: uno de nuestros lugares preferidos.
Quiero bailar un lento. Hace mil años que no bailo uno.
De esos apretados en los que uno apenas se mueve, jeje.
Cuando era chica los “malones” eran un clásico: nos juntábamos en la casa de una amiga a la que siempre le daban permiso (su mamá llegaba siempre muy tarde y su papá sólo la veía los domingos… siempre pensé que la dejaban hacer de todo por un sentimiento de culpa medio escondido).
Era en esas fiestas en las que, luces apagadas mediante, bailé mis primeros lentos… con mariposas en la guata incluídas. Aquí se planeaba cada movimiento como la “sacada” a bailar, lo que propiciaba todo tipo de acercamientos amorosos (bueno, de cierto tipo no más, si éramos prepúberes recién).
Pasábamos toda la noche sentados (con la música de la época de fondo) apenas viéndonos las caras por la oscuridad y sólo parándonos a sacar papas fritas o a servirnos bebida (insisto, niños).
Eso era antes. Ahora no hay dónde mierda bailar si no es una disco atestada de gente (peor si es farandulizada) que retumba sola de tantos ritmos como el reggeaton o el hip hop (en sus infinitas variaciones). Cuando se dice “vamos a bailar” se asume que se irá a mover el cuerpo a un lugar donde se baila eso, y no otra cosa. No niego que me he pegado sus buenos bailes en estos lugares y que lo he pasado bien, pero también me gusta la variedad.
Protesto señores!! Exijo que volvamos al romanticismo de antaño!!

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