Alcancé a pasar los primeros 22 años de mi vida acampando todos los veranos con mi familia. No hubo ni un sólo verano sin poner nuestras carpas sobre tierra, arena, piedrecilla o lo que hubiera. Hoy ya no puedo hacerlo, pero sé que cuando se den las condiciones, lo volveré a hacer porque ya es parte de lo que defino como “vacaciones”.
El primer verano sin armar una carpa fue extraño: echaba de menos el desconectarme de los ruidos, de los tacos y de playas atestadas de gente. Para mi, marcaba la diferencia el alejarme de todo eso y estar en medio de la naturaleza. Y además, el permitirme estar en lugares en los que conocías todo tipo de personas, provenientes de diversos lugares, todos iguales, sin diferencia entre unos y otros (técnicamente no existe una carpa más bonita que la otra).
En nuestros trayectos apenas pasábamos por las ciudades a comprar cosas que nos faltaban, una foto en la plaza y listo… a seguir viaje.
Tengo recuerdos increibles de todos los veranos que anduve recorriendo gran parte de Chile, tanto el norte como el sur, pero principalmente “devorándonos” la X Región. Cualquier cambio de rumbo era auspiciado por nuestra guía eterna: la Turistel.
Más de niña, recuerdo esa carpa que parecía más propiedad de un circo ambulante que de una familia cualquiera, con una tela gruesa y pesados fierros que se llevaban en una bolsa aparte. Ni explico la revolución que causaron (en su época) las nuevas carpas tipo iglú (Doite), que redujeron el tamaño y peso de las carpas en forma considerable.
Recuerdo largas horas de viaje, de escuchar música que ojalá “nos agradara a todos” (difícil misión considerando obvias diferencias generacionales). Ahí se escucharon más de una vez los cassettes de Camilo Sesto, José Luis Perales, Los Pericos, Creedence, etc.
También me acuerdo de aquellas siestas interminables, del cansancio del cuerpo, de los juegos de ingenio dentro del auto (se hacía lo que se podía para matar el tiempo), de cuando parábamos a medio camino debajo de un árbol y se sacaba el “cocaví” para ponerlo sobre un poncho. Si hacía calor, cualquier río nos refrescaba. Creo que esos años me reforzaron que cualquier cosa se puede hacer, siempre y cuando uno no se dejara invadir por las complicaciones, que muchas veces no son más que pequeños obstáculos. Grandes recuerdos de una muy bonita época de mi vida.

Foto1: esta foto me la tomaron por casualidad hace un par de años, sin saber yo que hasta el minuto es la última vez que he desarmado una carpa. Snif!

Foto2: con mi familia… de fondo, lago vichuquén: uno de nuestros lugares preferidos.
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